Edgar Neville (Madrid, 1899 - Madrid, 1967).

 Neville --novelista, literato satírico, dramaturgo, experto en flamenco [así lo demostró en el peculiar documental Duende y misterio del flamenco, de 1952] y amigo de Ortega, Lorca y Gómez de la Serna-- no es un guionista, sino, en realidad, dentro del cine español, uno de los más grandes guionistas-directores que ha habido, un auténtico, genuino y total autor cinematográfico en el sentido francés y cahierista de la palabra. Excedente del cuerpo diplomático, en los primeros treinta supervisa y redacta, en la Metro, los diálogos de las versiones en español que entonces se hacían. Realizó poco después, ya de regreso en nuestro país, el corto sonoro ¡Yo quiero que me lleven a Hollywood! (1932), y adapta a Wenceslao Fernández Flórez y a Arniches, respectivamente, en los largos El malvado Carabel (su primer largo) y La señorita de Trevélez, ambas del año 1935. Durante la Guerra Civil se pone al frente del franquista Departamento Nacional de Cinematografía. Terminada la contienda, tras unos mediometrajes musicales producidos por Saturnino Ulargui y dos filmes para lucimiento de la actriz y cantante Maruja Tomás, vemos los relatos costumbristas y los personajes madrileños y castizos que muy en particular le definen en, entre otras películas, La torre de los siete jorobados (1944, entreverada de expresionismo alemán), en Domingo de carnaval (1945, con influencia de Baroja y el pintor Solana), en El último caballo (de impregnaciones neorrealistas, 1950) y en la última que escribió y dirigió, Mi calle, de 1960.

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