Rafael Azcona (Logroño, 1926 - Madrid, 2008).

Sin la causticidad y la mala baba de Azcona, determinadas películas de Berlanga, Ferreri y de más directores que solicitaron su ingenio no sería la misma, aunque su vitriolo e inteligencia creativa no se concentró únicamente en esa vena sardónica y esperpéntica que constituía una auténtica savia suya. Se instaló en Madrid en 1951 y dio los pasos iniciales de su trayectoria en la revista La Codorniz. Parió obras escritas (artículos y narrativa corta y larga), y entre las novelas podemos citar El repelente niño Vicente (1955) o Pobre, paralítico y muerto (1960) --ya los propios títulos no tienen ningún desperdicio--. El tándem Ferreri-Azcona dio El pisito (1958) y El cochecito (1960), además de otros filmes fuera de España. Lista muy incompleta de películas suyas: el corto Se vende un tranvía (Berlanga y Juan Estelrich, 1959), Plácido (1961 --esta y las siugientes siete son berlanguianas--), El verdugo (1963), ¡Vivan los novios! (1969), Tamaño natural (1973), la trilogía con la palabra Nacional (1978, 1980 y 1982), La vaquilla (1984), Pim, pam, pum... ¡fuego! (Olea, 1975), Mi hija Hildegart (Fernán-Gómez, 1977), Un hombre llamado Flor de Otoño (Olea, 1978), El año de las luces (Fernando Trueba, 1986 --con este Trueba también Belle Époque, de 1992, oscarizada y Goya al mejor guión original--), ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990 --premio Goya al mejor guión adaptado; con y para Saura había escrito antes Peppermint frappé [1967], El jardín de las delicias [1970], Ana y los lobos [1972] y La prima Angélica [1973]), El rey del río (Manuel Gutiérrez Aragón, 1995) y un buen puñado con José Luis García Sánchez, desde 1985 (La corte de Faraón) hasta la póstuma Los muertos no se tocan, nene (2011), que la censura se la rechazó a él y Ferreri hace más de medio siglo. Premio Nacional de Cinematografía en 1982 y Medalla de las Bellas Artes en 1994.

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