Plácido (Luis García Berlanga, 1961) --> Siente un pobre en su mesa, eslogan de la campaña navideña de los biempensantes bienhechores de la trama, quiso llamarla el valenciano, pero tal título no le fue autorizado. Berlanga, de quien no se incluyen en esta lista algotras obras que asimismo podrían descollar en ella: ¡Bienvenido, Mr. Marshall! [1952], ¡Vivan los novios! [1969], la trilogía del clan Leguineche, etcétera), no quiere, exactamente, meterse con la burguesía --una burguesía de medio pelo, pueblerina, cateta y provinciana--, acusándola del autojustificativo rimbombeo que en la colectividad despliega --denunciando su hipocresía, cinismo, doblez, verdadera insolidaridad y blablá, no, no--, sino poner en solfa fílmica a unos individuos e individuas de risible cutrería en pretensiones y maneras, moradores del celtibérico planeta y poseedores por ello, en gran medida, de vida autónoma con independencia de las habilidades del realizador para asirlos, y esto llevado a cabo en largos planos de tremenda jocosidad --con mala leche y, a la par, algo de cómplice empatía-- y con la insoslayable y abatiburrillada pero no chusca coralidad del director. En cuanto a las cuestiones caritativas, es posible considerar a Plácido como el reverso de la buñueliana Viridiana, un envés desagobiado y sin tragedia ni retumbo existencial.

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